Se trata de un camino virtuoso que también incentiva el aumento de empleo

Para crecer y desarrollarnos es necesario exportar. Para exportar es necesario importar. Para ambos se mantiene un tipo de cambio ficticio y hay grandes trabas. Ponemos el carro delante del caballo.

Por un lado están los aranceles. En muchos países los hay, y pueden ser de elevados porcentajes, haciendo prohibitiva la importación. En la Argentina tenemos aranceles elevados, tasa de estadística, IVA, IIBB, y en algunos casos, derechos antidumping. A pesar de lo que significa la suma de todos esos impuestos, aún así es conveniente o necesario importar.

En un esquema probablemente único en el mundo, es necesario solicitar las divisas para poder importar. Aún cuando hace unos años no había las severas restricciones actuales, había que pedir permisos, o Licencias no automáticas, que han ido creciendo en cantidad y ya representan poco más de 40% de las posiciones arancelarias. La parte no automática se ha convertido en un laberinto regulatorio que sumado a la restricción de divisas tiene un gran comportamiento discrecional. Superado ese laberinto, se pagan los impuestos y tasas.

Lo sorprendente es que a pesar de los elevados aranceles, impuestos y tasas de importación, la recaudación de Aduana por importaciones es menor que con las exportaciones. Sí, menor. Del total de recaudación, según datos de Iaraf, aproximadamente 2,6% corresponden a derechos de importación y 6,6% a exportación, es decir, 2,5 veces más. Castigamos nuestras exportaciones con impuestos y con un tipo de cambio que no sigue a la inflación.

Si las exportaciones no crecen, no sólo no puede haber divisas para la importaciones, sino que condenamos a nuestros productores a un mercado cerrado de menos de 50 millones de habitantes. Así, no pueden crecer ni lograr eficiencia de operar a mayor escala. Por el lado de las importaciones, sin insumos o productos terminados, la actividad económica se resiente.

Lo sorprendente es que el último informe de intercambio comercial, con cifras estimadas de mayo y primeros cinco meses de 2023, muestra un déficit comercial de U$S2690 millones. El intercambio comercial total fue de U$S28.000 millones, de los cuales U$S30.690 millones fueron exportaciones y U$S7357 millones importaciones. El principal socio comercial es Brasil. Las exportaciones fueron algo menores que en 2022 por la sequía, pero las importaciones, a pesar de todas las dificultades y costos, solo fueron ligeramente menores.

Según datos del Banco Mundial, el comercio internacional pasó de representar el 25% del Producto Bruto Global en 1970, a algo más de 55% en 2020. Países de cuyo desarrollo relativo no se puede dudar, como Hong Kong, Luxemburgo o Singapur son extremadamente abiertos, comerciando alrededor de 4 veces su propio PBI. En la Argentina representa sólo el 33%.

Las lecciones de política económica son importantes. Muchas de las restricciones surgen de la preocupación por mantener un tipo de cambio que apenas logra seguir el ritmo de la inflación. La justificación es que ese tipo de cambio sirve como ancla de expectativas y que si hubiera una devaluación, por leve que fuera, habría un traslado a precios lo que realimentaría la inflación. Asimismo, se argumenta que el control de importaciones sirve para una una “política de industrializaciòn” o sustitución de importaciones. Así, las exportaciones padecen un bajo tipo de cambio que dificulta crecer.

Las importaciones no son baratas al considerar el costo total: dólar oficial, más IVA, tasa de estadística, anticipos de ganancias, IIBB y tal vez alguno más. Por supuesto hay que agregar el costo de obtener licencias y acceso a divisas. Así, el costo de algo importado incluye muchos elementos y no solamente el tipo de cambio. Si estos costos adicionales se redujeran o eliminaran, tal vez el temor de adecuar el valor del dólar no sea justificado. Al fin y al cabo, siempre debiéramos ver el costo total de una transacción.

De la misma manera que es necesario fomentar las exportaciones, también es necesario permitir importaciones. El tipo de cambio no es el único elemento a considerar. Por mantener tantas restricciones para reducir el tipo de cambio, se está restringiendo la actividad económica y el nivel de empleo. Estamos poniendo el carro delante del caballo. Tenemos que fomentar el comercio, y así crecerá el empleo y la actividad económica,

Diana Mondino (La Nación)

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