Para Aristóteles, la virtud era el punto medio de equilibrio entre dos extremos, el exceso y el defecto.

Este concepto de “justo medio” que legó el filósofo trasciende en sí mismo. Se aplica a todos los ámbitos de la vida humana, y ahí radica su grandeza: la virtud se define justamente por evitar que el péndulo toque los extremos del exceso de algo, y de la falta de algo.

En el comercio exterior también aplica la premisa aristotélica, y sus variables oscilan entre la facilitación, por un lado, y el control, por el otro.

Principios

En su artículo “La facilitación del Comercio Legítimo. Realidad o utopía”, Juan Patricio Cotter (en Tarifar, enero 2023) destaca que lo ideal en toda administración pública es regir su actividad por los principios de eficacia, eficiencia y celeridad.

Así como la Aduana es la Administración, los administrados son los exportadores, importadores, despachantes de aduana y el resto de operadores de la logística del comercio exterior que orbitan bajo la tutela de la Aduana, la encargada de resguardar las arcas del Estado por medio de la recaudación de los tributos, y de velar por la seguridad de todo lo que ingresa y sale del país.

En esta dialéctica del comercio exterior, la tensión de los extremos es evidente: el administrado buscará al máximo la celeridad y la menor cantidad de intervenciones y controles al entender que todo contribuirá a una mayor competitividad.

Por su parte, la Administración gravitará al extremo del control, a examinar detenidamente cada operación, y pedir una multiplicidad de trámites para asegurar que no haya delito ni infracción oculta, desde los más “inocentes” como una declaración inexacta hasta los delitos más “graves” como el contrabando o el narcotráfico.

Alternativa

¿Cómo se dirime esta tensión? ¿Cómo se logra el virtuoso equilibrio en el comercio exterior, entre la necesidad de facilitar y agilizar el comercio, por un lado, y la obligación de controlarlo, por el otro?

Cotter -integrante de la comisión directiva de la Academia Internacional de Derecho Aduanero y vice director del Programa de Actualización de Derecho Aduanero de la UBA- afirma que las Aduanas deben ejercer un control riguroso de las fronteras porque tal es su función principal, para fiscalizar el régimen de prohibiciones y restricciones, económicas o no económicas, así como también el régimen de tributos al comercio exterior.

Sin embargo, aclara que es primordial que este control no demore los embarques por mayor tiempo que el estrictamente necesario, dado que las demoras generan costos y éstos suponen una pérdida de competitividad.

Cuando la Organización Mundial del Comercio introdujo el término “facilitación del comercio”, para englobar allí todas las actividades necesarias para que los contenedores viajen más rápido y al menor costo posible, no se refirió sólo a la necesidad de digitalizar todos los trámites necesarios, sino también a hacer uso de la tecnología para que el filtro del control aduanero sea selectivo e inteligente.

Selectividad

Cotter explica que, en el actual contexto del comercio internacional, dado el incremento exponencial de intercambio de bienes, no podemos imaginar un esquema operativo de control del total de las mercaderías porque resulta fácticamente imposible controlarlo todo. Por eso, concluye que el control selectivo es la única alternativa posible.

La buena noticia es que la Aduana cuenta con un soporte tecnológico y una task force internacionalmente reconocida para realizar controles previos, inteligentes y rápidos.

La mala noticia -la que nos separa de la “virtud aristotélica”- es que no hay arma virtuosa si el que la emplea sucumbe ante la tentación degenerativa. Allí donde nace el germen de la corrupción, todo el arsenal informático y de bases de datos cruzadas se termina usando con fines alejados del objetivo principal. Toda alusión a hechos de la realidad no es mera casualidad.

Pero este “exceso” en la Administración, a su vez, también puede ser motivado, o provocado. De hecho, los administrados también incurren en excesos que terminan alterando el sentido del círculo, de lo virtuoso a lo vicioso. La actualidad así lo refleja, con “degeneraciones” como sobrefacturaciones de importaciones para fugar dólares, o subfacturación de exportaciones para pagar menos derechos o retenciones.

El justo medio, el equilibrio justo, entonces, sólo puede ser factible cuando cada uno de los perros se deje de morder la cola. Y sobre todo cuando se deje de lado el debate respecto de cuál es la causa de determinado efecto o qué ley determina per sé cada trampa.

Parece simple, pero sólo una sucesión progresiva de buenos hábitos, de concesiones y de autocríticas, podría colaborar a bajar la velocidad del péndulo de la administración y del administrado, de manera tal que el control y la facilitación sean aceptados -y hasta buscados- por ambos con la misma intensidad y vocación.

Emiliano Galli (Trade News)

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