En vez de propiciar reformas estructurales, el Gobierno ha impuesto un virtual cepo a las importaciones, provocando la paralización de líneas de producción

En forma creciente se tienen noticias de faltantes de productos, ya sea porque son importados o bien porque contienen insumos del exterior que no se pueden ingresar. Ocurre que, ante la pérdida de reservas, el Gobierno ha dispuesto que el Banco Central, la AFIP y otros órganos impongan regulaciones y trabas en la adquisición de divisas en el mercado cambiario oficial. A este mercado concurre la importación.

La importante brecha entre la cotización de la divisa allí y en los mercado informales o financieros induce a los exportadores a subfacturar sus ventas y, consecuentemente, a ofrecer menos dólares al Banco Central. Un comportamiento similar, pero con sentido opuesto, se observa en la importación. Se sobrefactura para obtener más dólares baratos de los que son necesarios para pagar la compra. En un mercado en el que existen dos precios distintos para un mismo bien, el ingenio humano encuentra siempre la forma de vencer a quien se empeñe en controlar la venta a más bajo precio. Pero tratándose del mercado cambiario, eso ocurre con múltiples daños, empezando por el agotamiento de las reservas. Una de las acciones defensivas es restringir importaciones. Entonces, el daño aumenta con el faltante de productos.

La AFIP no está para intervenir en el proceso de autorización de importaciones

Uno de los mecanismos creados para reducir artificialmente las importaciones ha sido la introducción de la AFIP en el proceso de autorización. Buscando objetivar esa decisión, el organismo la apoya en la determinación de la capacidad económica y financiera (CEF). Este valor debe superar una determinada relación para que un solicitante sea autorizado a realizar una importación. Este absurdo no existiría si el propio mecanismo del mercado procediera con mucha mayor eficiencia y objetividad a determinar quiénes pueden importar. La AFIP no está para eso, sino para cobrar impuestos. En estos días, el conflicto por el CEF se agudizó al cambiar el método de determinación y reducir su valor a todas las empresas, sin recortar simultáneamente el nivel exigido. Este fue sin duda un apretón de tuerca ante la agudización de la pérdida de reservas. La Unión Industrial Argentina (UIA) ha reclamado volver a los valores del CEF anteriores.

La exigencia de la AFIP se suma a muchas otras, y también a la discrecionalidad. No hay más que dejar dormir una solicitud de importación para reducir la compra de divisas oficiales. Sin ser malpensado, no es difícil imaginar que esta situación dará lugar a frecuentes actos de corrupción. Las sumas en juego son de enorme importancia. Se obliga a detener una línea de producción y una fábrica entera, al impedir la importación de una pieza.

Se obliga a detener una línea de producción y una fábrica entera al impedir la importación de una pieza

No es la primera vez que esta poco feliz intervención ocurre en la Argentina. La administración del tipo de cambio como ancla de precios se ha reiterado en casi todos los procesos inflacionarios en los últimos setenta años. Siempre ha fracasado en ese objetivo y ha terminado generando un creciente retraso cambiario que finaliza en una devaluación con impacto inflacionario, recomposición del equilibrio externo y fiscal, con caída del salario real. La convertibilidad del período 1991-2001 no fue propiamente un congelamiento cambiario, sino una dolarización de hecho. Dio estabilidad por diez años; sin embargo, al no lograrse un equilibrio fiscal pleno, el aumento de la deuda llevó a un final del mismo tipo.

La propensión al intervencionismo cambiario es propia de quienes adhieren a la teoría de la restricción externa y aún creen en el deterioro de los términos del intercambio. Para ellos, la importación de bienes es nociva porque resta trabajo interno y demanda divisas siempre escasas. Esta línea de pensamiento está comprendida en la teoría de la dependencia difundida por el estructuralismo que hizo pie en la Cepal de la mano de Raúl PrebischCelso Furtado y un por entonces joven Fernando Henrique Cardoso, entre otros. Esta ideología se ganó una gran parte del espectro político argentino y aún hoy permanece no solo en el oficialismo y en la izquierda, sino también en espacios de la oposición y de la comunidad empresaria. Esto explica la debilidad en la impugnación pública al control de cambios. La toma de posición más clara surgió recién cuando comenzaron a escasear productos en el mercado y a detenerse líneas de producción. El pedido de las entidades empresarias de aumentar nuevamente el CEF debería transformarse en un reclamo mucho más amplio de reformas estructurales que corrijan definitivamente el crónico desequilibrio fiscal, mejoren la competitividad y recuperen la confianza. Entonces no habrá cepo de importaciones.

Fuente: La Nación

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