La política arancelaria de Washington y la expansión comercial de Pekín fueron catalizadores inesperados del acuerdo entre Bruselas y los cuatro países del Cono Sur.

Hay una paradoja que los analistas de comercio internacional señalan con frecuencia: el acuerdo Mercosur–UE que hoy entra en vigor no habría llegado a este punto sin la presión involuntaria de dos actores que no forman parte de él. Donald Trump, con su política de aranceles universales y su cuestionamiento del orden multilateral del comercio, y Xi Jinping, con la penetración comercial china en América Latina y su control sobre los minerales críticos, fueron los catalizadores que dieron el impulso definitivo a una negociación que llevaba décadas encallada. Cuando el multilateralismo se pone en cuestión desde Washington y cuando Pekín demuestra que puede usar el control de materias primas como arma geopolítica, la UE y el Mercosur descubrieron que sus intereses convergían de manera urgente. «En un escenario de creciente desarticulación del sistema de comercio global, es fundamental que las naciones que creemos en un intercambio basado en normas sigamos apostando por la liberalización y la cooperación», declaró el embajador europeo en Buenos Aires.

El shock arancelario de Trump —que afecta a la UE, a China y a los países del Mercosur, aunque con intensidades diferentes— ha convertido la diversificación de mercados en una prioridad existencial para todos los actores involucrados. Europa necesita mercados alternativos a un Atlántico Norte que se complica; el Mercosur necesita compradores que no sean únicamente China o Estados Unidos. El acuerdo que hoy arranca crea un corredor comercial alternativo que conecta 720 millones de personas bajo reglas predecibles, justo cuando el sistema WTO muestra sus costuras y los acuerdos bilaterales ad hoc proliferan. «El acuerdo Mercosur–UE diversifica mercados, reduce vulnerabilidades externas y refuerza la integración», afirmó el vicepresidente brasileño Geraldo Alckmin. Analistas del think-tank Globsec señalan que el acuerdo «crea mejores condiciones para que la UE actúe como contrapeso al tirón de China sobre las economías latinoamericanas».

«Sin el acuerdo, el espacio político para las alianzas industriales y digitales europeas en América Latina se habría reducido considerablemente frente al avance chino.»— Análisis Globsec, Centro de Política Global, abril 2026

La presencia china en el Mercosur es una realidad que ya no se puede ignorar. China es hoy el mayor socio comercial del Mercosur en conjunto, superando a la UE en los intercambios de bienes. Empresas chinas tienen inversiones directas en infraestructura, minería, energía y telecomunicaciones en Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. Esta penetración preocupa a Bruselas —que ve cómo empresas europeas pierden contratos frente a compañías chinas que ofrecen condiciones financieras más agresivas— y también genera tensiones en los propios países del Mercosur, donde la dependencia de un solo socio tan dominante representa un riesgo de vulnerabilidad. El acuerdo con la UE ofrece una alternativa: la diversificación del espacio económico con un socio que comparte valores democráticos, respeta el Estado de derecho y trae tecnología, institucionalidad y capacidad de inversión de largo plazo. No se trata de expulsar a China —misión imposible y económicamente contraproducente—, sino de crear un contrapeso que mejore el poder de negociación del Mercosur.

La dimensión tecnológica añade otra capa a este análisis geopolítico. El acuerdo incluye un capítulo de comercio digital sin precedentes en los acuerdos anteriores del Mercosur, con compromisos sobre flujo transfronterizo de datos, protección de la privacidad basada en el marco europeo GDPR, y reconocimiento mutuo de firmas electrónicas. En un mundo donde la soberanía digital se debate con la misma urgencia que la soberanía energética, anclar al Mercosur al marco regulatorio europeo —en lugar del chino— tiene consecuencias que van mucho más allá del comercio de bienes. Las empresas tecnológicas europeas —especialmente del ecosistema alemán, nórdico y holandés— ven en los mercados del Mercosur un espacio de expansión donde pueden aplicar el modelo regulatorio del que son campeones mundiales. El dato, el algoritmo y el estándar técnico son las nuevas materias primas del siglo XXI, y el acuerdo que hoy comienza a operar tiene mucho que decir sobre quién los controla.

Una señal que no pasó desapercibida en los círculos diplomáticos fue el comunicado del Departamento de Estado estadounidense que, según el Financial Times, acusó a la UE de «intentar monopolizar los mercados de carne y lácteos en Sudamérica, perjudicando a los productores estadounidenses». La queja, aunque hiperbólica, refleja el malestar de Washington ante el fortalecimiento de un bloque comercial transatlántico que excluye a Estados Unidos. América Latina ha sido históricamente considerada el «patio trasero» de la política exterior estadounidense; el acuerdo Mercosur–UE señala que esa época está terminando. El mundo multipolar que se configura tiene en este 1.º de mayo de 2026 uno de sus hitos más significativos.

Por Gilson Dantas Carmini  (Prensa Mercosur)

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