Desde 2012 las exportaciones mundiales han crecido de forma sostenida, a tasas de entre el 2 y 2,5% anual en casi todas las regiones, excepto China que lo hizo al 5%, mientras que la Argentina no llega a estas cifras. ¿Cómo incide el desorden de la macro en el intercambio comercial?

Aunque la medición que realiza la financiera internacional J.P Morgan se asocia principalmente con la llegada de inversiones y financiamiento, en concreto, refleja una síntesis de la situación política y económica de un país y actúa como “una carta de presentación” a la hora de sentarse a negociar un contrato de comercio exterior.

Según la entidad, el riesgo de la Argentina se ubica cerca de los 2600 puntos aproximadamente, luego de superar los 3000, en el momento de mayor incertidumbre del gobierno de Alberto Fernández, tras la salida abrupta del ministro de Economía, Martín Guzmán. Aunque la diferencia supera por cerca de 2300 puntos al nivel que manejan países de la región, ha habido peores momentos. Hasta ahora, el valor más alto de riesgo país se registró en la corta gestión de Eduardo Duhalde, entre febrero de 2002 y mayo de 2003, tras la salida de la convertibilidad que derivó en devaluación, pesificación de depósitos y 49% de pobreza. En ese momento se disparó hasta los 7722 puntos.

La Argentina pudo domar el indicador durante la gestión de Néstor Kirchner, tras la renegociación de la deuda externa, y bajó a 795, pero fue creciendo a lo largo de los últimos años, en línea con los vaivenes de la economía. Más allá de las oscilaciones, en comparación con los países vecinos, la diferencia es contundente: Brasil, registra 260 puntos; Perú se mantiene en 165 y Uruguay 122 puntos.

Barrera frente a inversores

En los últimos 40 años la Argentina perdió un tercio de su participación en el total de las exportaciones latinoamericanas y 30% si se compara la cantidad total de ventas internacionales. En ese sentido, un informe elaborado por Marcelo Elizondo, director de la consultora DNI, revela que, pese a que la Argentina tiene el mejor superávit comercial de la región, no alcanza para contener la tensión cambiaria, que es uno de los principales indicadores de inestabilidad financiera.

“El superávit comercial en la balanza de bienes en la Argentina en los últimos tres años generó un ingreso neto de 57 mil millones de dólares”, dice el especialista y aclara que se trata del segundo mayor en Latinoamérica considerando cifras absolutas. “Solo Brasil acumuló un ingreso absoluto mayor (casi US$110 mil millones), aunque debe ponderarse que su PBI más que triplica al argentino”, agrega. Luego, Chile (más de US$36 mil millones) y México (algo más de US$32 mil millones).

Una de las explicaciones es el alto índice de volatilidad que se refleja en mediciones como la del riesgo país. “Es la prima de riesgo que se paga para tomar deuda por parte del Estado y esa prima de riesgo es más alta cuando los mercados desconfían de tu capacidad de pago, entonces, te piden una tasa de interés mayor”, describe Elizondo.

La falta financiamiento internacional no sólo complica las importaciones que se mantienen en el centro de la agenda desde que se restringió el acceso a dólares para los sectores productivos, sino también condiciona las exportaciones. “Si una empresa privada quiere crédito para una operación de comercio exterior internacional, y viene de un país con riesgo muy alto, le van a cobrar una tasa más alta porque, el indicador marca que es poco confiable y por lo tanto esa empresa podría tener riesgos derivados del país en el cual está”, agrega Elizondo.

“El gran problema es que la mayoría de las multinacionales o empresas que comercian con la Argentina, lo hacen esencialmente a través del financiamiento de esas operaciones pero, si no lo tenés o es carísimo, se pierde competitividad de manera permanente”, explicó Miguel Ponce, ex titular de la Cámara de Importadores de la Argentina (CIRA).

Así, muchos mecanismos que son parte de la actividad diaria del comercio internacional se van anulando porque “el país no garantiza que la operación termine”. “Cuando los niveles son de la envergadura que tenemos y cuando esto lleva años así, las compañías que quieren seguir trabajando en la Argentina tienen que generar algún tipo de adaptación”, agregó y aclaró que eso encarece el proceso ya que “se pagan sobretasas al financiamiento que son extravagantes”.

“Todo ese excedente termina se pagando, luego se vuelca en precio o en pérdida de competitividad, si es un insumo o algo vinculado a productos que luego tengan que ser exportados”.

Desde otro ángulo, Ema Fontanet, gerente del departamento de promoción de comercio internacional de Fundación ICBC, explicó que “el hecho de que Argentina esté en una situación económica compleja, a veces, da la sensación -a los compradores- de que se pueden obtener mejores acuerdos”.

“Por eso –agregó-, creo que es muy importante que las empresas tengan en cuenta la posibilidad de transmitir esto, qué bueno, que a pesar de la situación del país, están preparados para hacer negocios”.

En primera persona

Una vez resuelta la compleja logística para cruzar el océano con equipos de diseño y desarrollo nacional, con precios competitivos, innovación y calidad, las empresas argentinas deben superar una barrera crítica: demostrar confianza y credibilidad.

Con ingeniería propia, desde su planta en Tigre, en la provincia de Buenos Aires, Aspro desarrolla equipamiento para compresión de gas. En la Argentina poseen un alto grado de participación de mercado: de 2000 estaciones de servicio de GNC, cerca de 1400 utilizan sus compresores, sin embargo, el resultado es aún mejor en Brasil, donde cuenta con más de 1200 equipos instalados de un total de 1800.

Además, exportan a todo Latinoamérica, América central y del norte y tienen negocios en, Ucrania y Rusia, entre otros países de Europa y Asia como Kazajistán, Pakistán, Irán, Indonesia, África, China y muchos más que llevan la cartera de clientes a 45 países donde al menos existe un equipo en funcionamiento. En promedio, cada año, la empresa exporta a 15 países.

Por sus ventas a nivel global, Aspro compite con empresas locales e internacionales, y en ese escenario “la negociación es dura de entrada”, entre otras cuestiones, por la distancia física que implica mayor tiempo de arribo de los productos a otros continentes. Para llegar a cualquier punto del otro lado del océano, el flete demora entre 45 y 50 días, “con suerte” agrega Frontera y explica que el punto más “turbulento” llega cuando el cliente que tiene que pagar un anticipo observa que el riesgo país de la Argentina es de 2600 puntos básicos. “Del otro lado se preguntan ¿le tengo que dar un anticipo? ¿contra qué?”, resume el ejecutivo.

Indefectiblemente, la ubicación geográfica de la Argentina le exige a la empresa ser más eficiente que cualquiera de los competidores que está cerca del destino. Sin embargo, frente a ofertas de competidores de otros países como Estados Unidos (154), Canadá (183), Italia (211), Corea del Sur (201) y Brasil (340) que rondan los 260 puntos en la valoración del JPMorgan, resulta todo un desafío. “El riesgo país no es un número caprichoso es una herramienta para exportar”, apunta.

La empresa de ingeniería cien por ciento argentina exporta hace 20 años, y logró desarrollar una fábrica en Curitiba, Brasil, pero por cambios estratégicos y de accionistas, decidieron centralizar las operaciones en el país. “Exportamos tecnología, ingeniería, con alto valor agregado, una solución que se diseña según las condiciones operativas del cliente, a veces se resuelve con un producto estándar, pero otras se requiere un desarrollo a medida”.

Redoblar la apuesta

La Argentina se encamina a exportar US$100.000 millones, en 2023, una cifra que marcará un récord en términos nominales. Sin embargo, un informe de la Cámara de Exportadores de la Argentina (CERA), destacó que desde 2012 las exportaciones mundiales han crecido de forma sostenida, a tasas de entre el 2 y 2,5% anual en casi todas las regiones, excepto China que lo hizo al 5%, mientras que la Argentina decrecía al 1% anual. Según CERA la Argentina perdió un 19% de participación en el mercado mundial de exportaciones al bajar de 0.43% en 2012, a solo 0.35 % en 2021.

A lo largo de los años, el país se caracteriza por ofrecer al mundo, mayormente commodities y otros productos primarios. En consecuencia, en los últimos 15 años, la cantidad de empresas exportadoras bajó de 14.500 a 9600, una cifra que muestra por un lado mayor concentración de las compañías con acceso al mercado externo y, al mismo tiempo, perdida de participación.

Las firmas que logran permanecer, dan cuenta de una enorme resiliencia. En el caso de Aspro que exporta entre el 60 y 70% de producción -bienes de capital con alto valor agregado-, una alternativa de negocio fue desarrollar, paralelamente, el mercado local. Además, hace 5 años, apostaron a la unidad de Oil & Gas pensando estratégicamente en Vaca Muerta, que genera “un alto potencial de demanda de compresores”, señaló Frontera. La meta, ambiciosa en términos económicos y ambientales, está atada al avance del gasoducto en Neuquén que promete, según fuentes oficiales, convertir al país en “exportador de energía” y, al mismo tiempo, garantizar el pleno abastecimiento para el mercado interno.

Pese a los datos que no ayudan y la brecha en el tipo de cambio que genera un desfasaje entre los precios de los insumos que importamos para producir y el valor al que liquidamos las exportaciones, “así y todo, vendemos”, reconoce Frontera.

Aquellas empresas que pueden operar en la Argentina están preparadas para operar en cualquier lugar del mundo”, rescata Fontanet. “Muchos países del mundo están preocupados por la inflación, por ejemplo, pero nosotros estamos acostumbrados históricamente a lidiar con ese problema, entonces, creo que acá depende mucho también de la habilidad de las empresas que puedan demostrar que haber operado en Argentina durante tanto tiempo y con tantas crisis les permite operar en cualquier lugar del mundo y que pueden ser muy buenos aliados para entender, cooperar y colaborar frente a situaciones complejas”, opinó.

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