El 1 de enero de 1995 entró en vigor la Organización Mundial del Comercio (OMC), un hito en la arquitectura económica internacional de la posguerra fría. Con sede en Ginebra, el organismo reemplazó al Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), vigente desde 1947, y amplió de manera decisiva el alcance de las reglas que ordenan el comercio global.
La creación de la OMC fue el resultado más ambicioso de la Ronda Uruguay de negociaciones comerciales (1986–1994), la más extensa y compleja hasta ese momento. A diferencia del GATT, que funcionaba como un acuerdo provisional, la OMC nació como una organización internacional formal, con personalidad jurídica propia y un sistema de solución de diferencias con carácter casi judicial.
Un cambio de escala
El salto cualitativo de la OMC no fue solo institucional. Por primera vez, las normas multilaterales incorporaron sectores históricamente sensibles o excluidos: el comercio de servicios (AGCS), la propiedad intelectual (ADPIC) y la agricultura, además del comercio de bienes industriales. El objetivo declarado era claro: previsibilidad, reducción de barreras y reglas comunes para todos los miembros.

En su inicio, la OMC contó con 128 países. Hoy reúne a más de 160 economías, que representan cerca del 98% del comercio mundial. Cada uno de sus acuerdos se rige por el principio de “nación más favorecida”: cualquier ventaja comercial concedida a un país debe extenderse al resto. En teoría, igualdad de reglas; en la práctica, asimetrías persistentes.
El sistema de solución de diferencias
Uno de los pilares centrales de la OMC fue su Órgano de Solución de Diferencias (OSD). A diferencia del GATT, donde los fallos podían bloquearse por consenso, la OMC estableció un mecanismo más automático y vinculante. Desde 1995 se tramitaron cientos de disputas comerciales, muchas de ellas entre grandes potencias.
Este sistema convirtió a la Organización en un árbitro clave de conflictos comerciales, desde subsidios agrícolas hasta aranceles industriales. Sin embargo, también fue el foco de críticas: países en desarrollo señalaron los altos costos técnicos y legales para litigar en igualdad de condiciones frente a economías centrales.
De la expansión al estancamiento
Tras sus primeros años de expansión, la OMC ingresó en una etapa de parálisis. La Ronda de Doha, lanzada en 2001 con la promesa de priorizar el desarrollo, nunca logró cerrarse. Las diferencias entre países desarrollados y emergentes, sumadas al ascenso de China y a la creciente rivalidad geopolítica, erosionaron los consensos.
El golpe más fuerte llegó en la última década, cuando Estados Unidos bloqueó el nombramiento de jueces del Órgano de Apelación, dejando al sistema de resolución de disputas prácticamente inoperante. Desde entonces, la OMC funciona con herramientas limitadas en un mundo marcado por guerras comerciales, sanciones y acuerdos bilaterales.
La OMC en un mundo fragmentado
A 30 años de su creación, la OMC enfrenta su mayor desafío histórico: adaptarse a un comercio global atravesado por la digitalización, la crisis climática y la reconfiguración de cadenas de valor. Temas como comercio electrónico, subsidios verdes y seguridad económica avanzan más rápido que las reglas multilaterales.
Este aniversario expone una tensión central del presente: la distancia entre un sistema creado para ordenar la globalización y un escenario internacional cada vez más marcado por el proteccionismo, la competencia estratégica y la política de bloques. En síntesis, la OMC sigue existiendo, pero el mundo para el que fue diseñada ya no es el mismo.
Fuente: NewsDigitales

